Tristitia
Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola,
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una ola
y el tañer doloroso de una vieja campana.
Dábame el mar la nota de su melancolía;
el cielo, la serena quietud de su belleza;
los besos de mi madre, una dulce alegría,
y la muerte del sol, una vaga tristeza.
En la mañana azul, al despertar, sentía
el canto de las olas como una melodía
y luego el soplo denso, perfumado, del mar,
y lo que él me dijera, aún en mi alma persiste;
Mi padre era callado y mi madre era triste
y la alegría nadie me la supo enseñar.
¡No hagáis ruido! Parece como que se despierta.

Evocación de la ciudad muerta
Por la ciudad en ruinas todo invita al olvido,
los viejos portalones, la gran plaza desierta
y el templo abandonado… La ciudad se ha dormido.
¡No hagáis ruido! Parece como que se despierta…
Una sombra se esfuma tras los viejos casones
y se pierde en el templo, donde ha muerto el ruido
de los lánguidos kyries y de las oraciones.
En medio del silencio de sus meditaciones
la ciudad se ha dormido…
Las escalas de mármol que ascendieran antaño
los nobles con escudos de lises y de estrellas,
oculto desde entonces tienen cada peldaño
y ahora —¡pobres escalas!— nadie sube por ellas.
Las sombras de las damas, las de venas azules
y manos transparentes, cuando agoniza el día,
lloran en los palacios decorados de gules
la tristeza infinita de las salas, vacía.
Y quedan los recuerdos que son como trofeos:
sedosos miriñaques y mitones bordados,
calados abanicos y griegos camafeos
que plegaran las vestes de los hombres rosados.
Y los trajes sedosos, brillantes como soles
que las damas lucieran en noches virreynales
enhebrados en perlas, con luces tornasoles,
largos, como las colas de los pavos reales…
Pasa, sin hacer ruido, llevando a un caballero
bajo el arco que forman los frisos de la puerta,
la calesa que guía el viejo calesero
por la empolvada ruta de la calle desierta.
Y marchan en silencio con la luna de estío
hacia el viejo palacio de los Inquisidores…
La luna, castamente se copia sobre el río
y se disipan estos cuadros evocadores.
Por la ciudad en ruinas todo invita al olvido,
los viejos portalones, la gran plaza desierta
y el templo abandonado… La ciudad se ha dormido.
¡No hagáis ruido! Parece como que se despierta.

Abraham Valdelomar: nació en Ica, Perú el 27 de abril de 1888 y falleció en Ayacucho el 3 de noviembre de 1919,
Pedro Abraham Valdelomar Pinto también se le conoce como el Conde de Lemos, fue un narrador, poeta, periodista, dibujante, ensayista y dramaturgo peruano.
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